miércoles, 1 de agosto de 2007

Narda y el Pritt

Había llegado un punto en que se nos había vuelto imposible evitar gozar a Nardita. Su torpeza, su amaneramiento indisimulado, su carita de pelotuda, eran realmente dignos de ser víctimas de nuestras gastadas.

Sucedió que un día decidimos poner a Narda a prueba. Aunque realmente no creyéramos que fuera inteligente ni para sacarse los mocos, la sometimos a una prueba de laboratorio, algo así como colocar a un hámster en un laberinto. Aunque nuestro hámster no tenía patas, ni olfato y le faltaba la mitad de la masa encefálica.

Narda tenía una especie de fascinación por los artículos de librería y, por aquella época de convertibilidad, los adminículos más exóticos estaban a disposición de todos. Le sucedió que el enamoramiento que le surgió por uno de esos borradores con una cinta que gira y se adhiere al papel (no recuerdo la marca), hizo que desechara el borratintas y caminara varios metros para pedírmelo prestado hasta que me harté y le dije que no... y se compró uno.

Su relación con el Liquid Paper merece un capítulo aparte.

Le pasó lo mismo cuando se encontró con el pegamento en barra Pritt (como el UHU, pero Pritt). Al principio le costó entender el mecanismo por el cual la rotación de la base hacía emerger la barra blanca que debía ser frotada contra la superficie a adherir, pero cuando lo hubo dominado, se sintió una reina.

Con la intención de que no nos pidiera más nuestros borradores, pegamentos y demás, decidimos aprovecharnos de Narda. Llegamos antes al colegio y le cambiamos el pupitre. Los pupitres del aula se conformaban de la mesa unida a la silla por un caño vertical, que dejaba un lado abierto para sentarse. Por supuesto, convenía que el caño quedara del lado opuesto al del ingreso, para evitar tener que levantar la pierna y sentirse atrapado. Bueno, nosotros le elegimos un banco con el caño para el lado por el que Narda se sentaba. Y no conformes con eso le pintamos el asiento con Pritt, con mucho mucho Pritt. Conteniendo la risa, nos sentamos a esperar lo inevitable.

Narda llegó, tarde, y no se inmutó por la disposición del banco. Se sacó la mochilota de 30 kg y la colgó del respaldo de la silla. Lucía un pantalón verde oscuro.

Levantó la pierna izquierda y apoyó la rodilla sobre el Pritt, que patinó un poco. Desplazó entonces la pierna del asiento y subió la rodilla derecha. Acarició el pegamento con toda la manga de su pantalón y se sentó. Casi podría asegurar que se sentó y frotó también las nalgas contra el Pritt. Y pasaron algunos minutos. Cuando creíamos que no se iba a dar cuenta, vemos que pasa sus dedos por el asiento y mira lo que sus dígitos levantaron: lo huele y mira entre sus piernas, vuelve a juntar más de la extraña sustancia y piensa... se levanta... repite toda la sucesión de movimientos que realizó para sentarse, es decir, pasa de nuevo sus dos piernas por el pegamento, y queda de pie como al comienzo. Se analiza minuciosamente las rodillas y vuelve a examinar el asiento.

Esta escena duró varios minutos, hasta que vemos a Narda que se pone de nuevo la mochila, toma su pupitre y sale del curso decidida a cambiarlo... y aparece con otro banco, con el caño del mismo lado, por lo cual tuvo que repetir su ingreso apoyando las rodillas (llenas de pegamento), ensuciando el nuevo asiento, y sentándose de todos modos sobre el Pritt.

Nuestro hámster se había perdido en un laberinto recto.

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