miércoles, 25 de julio de 2007

Meu pé de Laranja Lima

Si hay un hecho trascendental en la vida de Nardita, ese es sin dudas el día que oyó por primera vez el título “Mi planta de Naranja Lima”.

Corría el año 1994, y los recientes ingresantes al primer año del Colegio Secundario tomaban nota de la literatura correspondiente al ciclo para la materia Lengua y Literatura. La lentitud de Narda se esparcía por los rincones del aula, y comenzaríamos a notarlo muy pronto.

Al día siguiente de este anuncio, se me acerca Narda en la puerta del Colegio (antes de entrar) y me pregunta “che, ¿vos te acordás cuáles son los libros que dijo la profesora?”. Mi memoria, no era demasiado organizada, más que nada por falta de necesidad (tenía 13 años) y le solté los nombres de los libros como los recordaba. Lamentablemente no sabía aún con quién estaba tratando. El pronunciar “Mi planta de naranja lima” en primer lugar, traería efectos desastrosos pero a la vez fueron el indicio más claro del Génesis Nardiano.

A los dos días de este encuentro cae Narda con una felicidad y un orgullo grandes como una casa y nos suelta “yo ya me compré el libro, Ustedes? Y lo empecé a leer, ustedes?”, a lo que le contestamos, no amablemente, que ese libro era para mitad de año, que el primer libro que había que leer era “El visitante”. Narda no comprendió, y continuó preguntando al resto del curso.

Cualquiera en su lugar habría guardado avergonzado el libro y habría comenzado a leer el correcto. Nada más alejado de la realidad.

Narda comenzó a pasearse con “Mi planta de Naranja lima” en las manos por todos lados. En las horas libres lo sacaba de su e-nor-me mochila y comenzaba a leerlo. En los recreos iba a la biblioteca y se sentaba a leerlo. Promediaba abril y ya todos estábamos terminando de leer “El visitante”, pero Narda insistía con “Mi planta de Naranja lima”.

Todos los días se acercaba y nos preguntaba “¿cómo vas con el libro?”. Las primeras veces le contestamos mal, después empezaríamos a disfrutar de su estupidez y lentitud.

Cuando llegó (finalmente) el momento de leer “Mi planta de Naranja lima”, Narda se hinchó como un sapo y corrió a contarle a la docente que ya lo estaba leyendo desde principio de año. Los días corrían, y comenzamos a oír frases como las siguientes:

- ¿cómo vas con el libro? (un clásico)
- ¿vos lo estás leyendo?
- ¿viste qué triste cuando ellos van a buscar juguetes y ya no hay? ¿No te dieron ganas de llorar en esa parte?
- Yo me puse a llorar en la parte que al Portuga lo pisa el Mangaratiba.
- ¿cómo vas con el libro?


Se acercaba la fecha de presentar el trabajo de análisis del libro y Narda comenzó a experimentar una especie de desesperación, y no era para menos: en 4 meses había boludeado con el prólogo durante la mayor parte del tiempo y no había avanzado para nada en la lectura (ya ni digamos comprensión) de la obra. Era comprensible que a una semana de la entrega del trabajo Narda leyera “Mi planta de Naranja lima” hasta en la entrada del colegio, con una velocidad atolondrada y desesperante, que sólo interrumpía para preguntar “¿cómo vas con el libro? Ah, ¿ya lo terminaste?” –con envidia-.

Lamentamos comunicar que efectivamente lo terminó de leer ese mismo día de la presentación, antes de ir al colegio. Entró desafiante al aula, mirando a todos con una superioridad patética y se sentó en su banco. Colocó el libro sobre sus útiles y esperó a que la profesora entrara, mientras rememoraba la historia e intentaba meterse en conversaciones ajenas para tan sólo demostrar que lo había leído.

Cuando el docente empezó a leer las preguntas de análisis, comenzó un memorable momento.

Narda quería contestar todo, debía sentirse superior. No se daba cuenta de que todo el curso lo había leído y lo había entendido, a diferencia suya. Quería opinar, objetaba y gritaba.

Pero jamás atinó al pensamiento correcto.

Ante la pregunta (básica) de cuándo había sido escrita la obra, todos levantaron la mano. Era fácil, la mayoría de las ediciones traen una pequeña reseña sobre el autor y el momento en que la obra se escribió. Cuando todos comenzaron a responder en efecto dominó la misma fecha, una voz irrumpió quebrando esta armonía.

Narda vociferaba “1992”, gritaba, chillaba, y cotejaba con los libros de sus compañeros cercanos preguntando: “¿en qué año escribieron el tuyo? ¿A ver? ¿Por qué? El mío es del 92…”

Se requirieron más de 5 minutos para que entendiera que la fecha de impresión no es la fecha en que fue escrita la historia.

Se repuso de la vergüenza rápidamente (no pareció sentirla) y compartió con todos su llanto por la muerte del Portuga, de la tristeza de la escena en que Zezé y el hermano van a buscar juguetes y ya no hay… Y cuando tuvo que leer en voz alta, demostró que era una bestia.

Después de pasar el examen del libro con poca nota (todos a esa altura creíamos que era un especialista en “Mi planta de Naranja lima”) y decepcionarnos, de alguna manera, lo olvidó. Nunca más lo volvió a mencionar. Ni siquiera recordaba los nombres. Pero de algo estamos seguros: en alguna noche de invierno, fría y oscura, bajo su manta de My Little Pony, debe haber llorado a mares por el accidente ferroviario en el que el Mangaratiba puso fin a la vida del Portuga.



Buaaaaaaaaaaaaaaaaaa!!!!

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